El secreto de la txalaparta

Todos los otoños, cuando el monte está repleto de colores amarillos, ocres y rojizos, el olor a las manzanas maduras inunda la villa y los sonidos de la kirikoteka y la txalaparta invaden nuestros oídos y las calles del casco se visten de fiesta para las celebraciones de nuestro santo patrón, justo cuando más ganas de danzas y de reuniones familiares hay, a mí me entra una morriña que nadie puede entender.

Nadie puede entender nada más que yo. Todo empezó en el otoño de 1930, que sucedió lo único que no me podía suceder. Me enamoré de un chico que no era de Urnieta y eso era lo único que mi aita no podía tolerar.

Mi aita y mi ama eran muy buenos conmigo y esperaban de mí lo normal, que les ayudara a llevar el caserío y que cuidara de él, cuando ellos faltasen. Trabajaba como una más, daba de comer a las gallinas y recogía los huevos que ponían, ordeñaba a las vacas y las llevaba al monte para que pastaran, cuidaba de los cerdos y los llevaba a los charcos para que se revolcasen y fueran felices. También me movía en el burro para vender los productos que elaborábamos en el caserío: mermeladas, sidra, queso, embutido, huevos, leche. También hacíamos cestos, porque el aitona era cestero y toda la familia tenía que arrimar el hombro. Yo ayudaba a mi padre a traer los palos de castaños que él cortaba, los ponía en remojo una vez que al aitona los arreglaba y a veces, ayudaba a hacer la base de los cestos, tupía los palos y los entretejía.

Con la fábrica de hilados y tejidos de algodón en el Oria llegaron muchos forasteros al pueblo, pero no se mezclaban con nosotros porque ellos vivían en edificios de ese barrio y en Lasarte. Muchos venían en el ferrocarril de Madrid-Irún, trabajaban una temporada en la fábrica y muchas veces se iban como habían venido, así que no era buen plan enamorarse de un forastero. Yo lo sabía, claro que lo sabía y sabía que esto era un inconveniente muy grande y yo no quería, lo juro por lo más sagrado que yo no quería, pero pasó, me enamoré como una tonta.

Y yo me devanaba los sesos para convencer a mi ama para que lo conociera y para que ella intercediera con el aita.

Y yo le hablaba de la sidra, y de los cien tipos diferentes de manzanas, unas amargas, otras ácidas, otras dulces, pero todas necesarias para la mezcla, que es dónde está el secreto de la buena sidra.

Y le hablaba de los cestos, y de los distintos grosores de palos del castaño, y de las herramientas que se utilizaban, como el punchete y el machete.

Y le hablaba de la txalaparta, de los diferentes palos que se necesitan para que suene una buena melodía.

Y le hablaba de instrumentos musicales tradicionales, con orígenes lejanos de Urnieta, el pandero romano, el alboka árabe. Le mencionaba a Don Jenaro, que además de cura era profesor de música, pero la ama me aseguraba que el aita eso no lo veía así. Y yo insistía en que Don Jenaro no era sospechoso de mentiras y además qué ganaba él mintiendo en decir esas cosas.

Y yo seguía hablando de los bosques, llenos de distintos tipos de árboles, castaños, robles y cedros. Yo insistía en que la mezcla siempre es enriquecedora. Argumentaba con los tipos de quesos que hacíamos en el caserío, hacíamos uno mitad de leche de vaca y mitad de oveja y que era el preferido del aita.

– Jone, déjalo ya, que sé por dónde vas y no me vas a convencer.

– Ama, yo sólo digo que porque Miguel no sea de Urnieta, no tiene por qué ser malo.

– Ea, ya estamos. No sólo es eso. Dices que trabaja en la fábrica de los hilados del Oria, pues  no va a querer hacerse cargo del caserío. Dicen que ganan más dinero en la fábrica que lo que ganamos nosotros aquí después de tanto trabajo.

– Ama, ¿y si le gustara el caserío? Entonces, no importaría que no fuera de Urnieta, ¿verdad que no?

– No sé, de momento al aita ni una palabra del Miguel, que lo matas.

Todo cambió el día en que Miguel me dijo que él sabía tocar la txalaparta. Entonces, urdí un plan que no podía fallar. Hablé con Don Jenaro para que dejara tocar a Miguel con el Ander en la romería de la Virgen y allí me presenté con el aita en primera fila para que lo viera tocar. Él sin saber nada, claro. Yo disimulando y fue verlo cómo se movía, cómo se sincronizaba con el Ander, cómo movía los palos arriba y abajo, cómo sonaba. Los ecos de la madera resonaban más allá de Urnieta y así fue cómo el aita entendió que hay más mundo que Urnieta y que en la mezcla está la riqueza.

Y ya que tenía al aita convencido, quién me iba a decir a mí que la ama se volviera en contra de nuestro amor. Se empezó a juntar con otras mujeres que le daban mucha importancia a las raíces de Urnieta, a las tradiciones, a la iglesia y a la pureza de la sangre. Llegaron a montar una asociación para ayudar a los más desfavorecidos y les enseñaban euskera en escuelas que fundaron ellas mismas, las famosas ikastolas.

A pesar de la txalaparta y de la buena voluntad de Miguel, mi ama nunca lo aceptó y como yo fui educada para ser buena hija y nada de lo que yo le decía le valía,  tuvimos que dejar de vernos. Al final, me casé con el Ander, que era de Urnieta, y mis hijos son un tesoro y no me puedo quejar pero todos los otoños me entra una morriña que nadie puede entender.

2 comentarios sobre “El secreto de la txalaparta

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